Aunque la cultura aborigen fue casi ani­quilada, nombres como Tatamá, Mis­trató, Anserma, Otún, Consota son pala­bras de origen indígena que dominan la geografía, bien sea para municipios, la­gunas, ríos o valles.

Cultura indígena

Entre el año 500 a.C. hasta el 1540 d.C. los indígenas habitaron principalmente en las zonas templadas. Vivían de la agricultura, la caza, la pesca y la recolección de frutos silvestres, insectos y caracoles. Cultiva­ron maíz, fríjol y batata. Para evitar las ava­lanchas de tierra y la erosión, construye­ron canales en el sentido de la pendiente para hacer fluir el agua. Después de varios años cambiaban de lugar sus sementeras y así dejaban descansar el suelo. Además extrajeron oro y sal, hilaban, tejían y trabajaban la arcilla y los meta­les. Parte de esta producción la utiliza­ban para intercambiar con grupos veci­nos y lejanos.

Con la llegada de los españoles, los gru­pos indígenas fueron casi exterminados, debido a la persecución y esclavitud a la que estuvieron sometidos durante la Co­lonia. Muchos murieron por el efecto de las enfermedades que trajeron consigo los invasores. Hoy, apenas el 3% de la población del departamento es de origen indígena. Es­tos descendientes aborígenes habitan en el resguardo indígena embera chamí, en el municipio de Mistrató.

Aunque la cultura aborigen fue casi ani­quilada, nombres como Tatamá, Mis­trató, Anserma, Otún, Consota son pala­bras de origen indígena que dominan la geografía, bien sea para municipios, la­gunas, ríos o valles.

Colonización antioqueña

Risaralda es habitada por gente trabaja­dora, que fundamenta su economía en el comercio, la minería y la agricultura. Se­res apegados a la familia y las buenas costumbres que profesan un amor de­voto por la tierra y sus cultivos de café, caña, maíz y fríjol. Esto es parte del le­gado que dejó la colonización antio­queña, notorio cuando se conversa con cualquier poblador de la región.

Los risaraldenses son descendientes de colonizadores que llegaron al territorio atraídos por un lugar mejor, en el cual pu­dieran criar a su descendencia con un es­píritu libre, emprendedor, ahorrativo, con­quistador y andariego.

Esta raza de hombres y mujeres forjó un departamento con sus pueblos de ca­lles reales, casas que aún hoy se pue­den contemplar en las plazas de pueblos como Marsella, Santa Rosa de Cabal, Pe­reira y Apía. También se ven el carriel, el poncho y las alpargatas.

La colonización antioqueña consolidó una cultura de seres caminantes, que se representó en los arrieros, quienes unie­ron al occidente colombiano con el resto del país. A los antioqueños también se les debe el uso actual de los ponchos, el carriel, las alpargatas, el machete, el sombrero, y la mula como compañera inseparable del arriero.

El café

Desde su llegada al territorio, a mediados del siglo XIX, el café es el producto agrí­cola que simboliza la prosperidad de Ri­saralda. Sin duda, el principal producto que le da sustento a la economía local. En la actualidad, Risaralda cuenta con 66.000 ha de tierra cultivada en cafetales.

Este producto agrícola no sólo simbo­liza la riqueza departamental, es portador de una carga cultural que inunda a todas las poblaciones. Razón por la cual, al via­jero siempre lo reciben con un tinto y una buena historia que lo obliga a sentarse y disfrutar de la bella panorámica que le ofrece la plaza principal de cualquier mu­nicipio risaraldense. Allí se nota que café es el nombre principal o, al menos, el acompañante de muchas fiestas, luga­res, plazas, parques, bares, restaurantes, almacenes, hostales, empresas, etc.

Los yipaos

Un caso curioso es la utilización del jeep Willys de la Segunda Guerra Mundial, para el transporte de carga y pasajeros. Estos vehículos llegaron al territorio en los años 50 para ayudar en la expansión de la pro­ducción cafetera quedándose arraigados en la cultura popular del departamento.

Es pintoresco admirar estos campe­ros que llevan todo tipo de carga, al igual que pasajeros. Es tal la penetra­ción, que con el tiempo apareció la pa­labra yipao, que significa todo con lo que puede cargar un jeep: costales de café, enseres de una casa, animales y personas.

El folclor

Los ritmos y aires musicales del territorio risaraldense quedaron delimitados y de­finidos en el siglo XIX. El compás de las gaitas y caracoles de los aborígenes se mezcló con el ritmo de los tambores afri­canos y la musicalidad de salón de la Eu­ropa monárquica del siglo XVI. Esta fu­sión de melodías dio origen al bambuco, la guabina, la danza y la contradanza.

Gran parte de la historia musical del de­partamento se escribió entre la calle 15 con carreras 6 y 7 de Pereira, en el fa­moso bar Páramo. Allí los músicos se reunían para ofrecer serenatas, creán­dose así toda una cultura del bambuco, el pasillo, el bolero y el vals, ritmos aún vigentes, pese a que el bar ya no existe.

El mayor representante del folclor risaral­dense, y en especial del bambuco, fue Luis Carlos González, poeta y compo­sitor. Algunas de sus obras son: Aguar­diente de caña, Antioqueñita, La ruana, entre otros éxitos que aún hoy son recor­dados. Anualmente, los primeros días de noviembre se celebra en Pereira el Con­curso Nacional del Bambuco, organizado por la Fundación Luis Carlos González.

La industria

El departamento basa su comercio en la producción de los alimentos, bebi­das, confecciones, textiles, madera y calzado. En Risaralda operan cerca de 1.800 industrias registradas que contri­buyen al bienestar y desarrollo econó­mico de la región, por ello, la actividad comercial es una tradición arraigada en los habitantes. Es común encon­trar gente emprendedora iniciando o abriendo nuevos negocios.

El oro

La cultura quimbaya, entre los siglos IV a.C y el XVI d.C, se caracterizó por el ma­nejo y dominio de una de las técnicas avanzadas de la orfebrería en el conti­nente americano. Los quimbayas elabo­raron los objetos en oro más destacados del patrimonio cultural que hoy identifica a los colombianos. Parte de estas obras se pueden apreciar en la colección del Museo del Oro de Bogotá y en el Mu­seo del Oro Quimbaya, en la vecina ciu­dad de Armenia.

Para estos antiguos habitantes el metal era un elemento sagrado, pues creían que se relacionaba con la renovación de la vida, de ahí que acostumbraran a en­terrar sus muertos con artículos fabrica­dos en oro.

La explotación minera de oro que se rea­liza en Quinchía, Mistrató y a lo largo de los ríos San Juan, Risaralda y Cauca in­fluye en la economía departamental en no más del 2% del producto interno bruto.